EL SONIDO DEL SILENCIO 11/10/2009, Escrito por: ANTONIO PÉREZ ZAMBRANO
El sonido del silencio
Durante los primeros días de esta extraña enfermedad que aún me acompaña, sentí como la impotencia me atenazaba doblemente. Una; porque mi cuerpo no me respondía. La otra, porque había gente que se iba. Y yo no podía hacer nada. Gente que se iba en silencio. Gente a la que podía haber tocado con mis manos antes de irse. Y no lo hice. Y gente a la que nunca hubiera podido tocar con mis manos. La distancia me lo impedía. Y aquel día, no recuerdo la hora. Mi impotencia me atenazaba aun más. Solo me quedaba la distancia. Y el tiempo era el cable al que asirme. Las ondas de la radio, las olas en las que subirme para ver lo mas alto posible. Y ver si podía otear un poco desde arriba. Me quedaba el recuerdo de su voz. Y su voz me acompañó durante largas horas. Pero era una voz interior. Una voz que salía de mí. El eco de su voz se expandía en mi cabeza. Y los recuerdos se enlazaban con esa voz. Mi impotencia crecía. Porque mi mente no podía ponerle imagen. Y la tecnología me la dio. Busqué y busqué hasta encontrarla. Y se hizo la luz. Conseguí ordenar aquella cadena de eslabones desperdigados por mi mente. Y aquel día pasó a tener noche. Y la noche se convirtió en recuerdos de voz y de imagen. Y todo ello tenía un nombre: Cebrian. Sentía como todo transcurría en silencio. Tal como había empezado. Porque todo empezó así. Con un fuerte golpe “silencioso”. Ese es el golpe que se siente cuando los otros se van en silencio. Y todo me decía que esa forma de partir, es solo para los grandes. Y que los que nos quedábamos aquí, nos quedábamos condenados a recordar la grandeza, rodeados de lo minúsculos que somos. Todo me decía que ellos, los grandes, se van así; en silencio. Para que desde la distancia veamos su grandeza. Y para que reflexionemos. Para que reflexionemos por no haberlo hecho antes, mientras le podíamos tocar y rozar con la punta de nuestros dedos. Así, desde la distancia, se ve mejor el gigante de espíritu. Por eso es por lo que nos quedamos aquí. Para contemplar la grandeza de su espíritu. Ese es el legado de los grandes. Eso es lo que nos dejan. Por eso la partida es silenciosa. Todos se van en silencio, como Cebrian. Todos dejan ese momento de impotencia, que en mi caso se hacia cruel y doloroso. Mi cuerpo no me respondía, no me acompañaba. Y tenia que luchar con aquella marea interior que golpeaba mis sienes divagando entre recuerdos de noches silenciosas, donde hasta la caída de las estrellas se percibe en lo hondo de la noche. Yo he aprendido a escuchar en silencio el ruido de los pasos de aquellos que eligen esa forma de partir.
A Juan Antonio Cebrian
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